Escrito por Juventino Rodarte

Articulista del Periódico El Sol de Durango. Profesor Universitario Jubilado.

El futuro que viene.- Medio oriente ¿en llamas?

              En líneas paralelas, que a veces podrían ser convergentes, hace ya un largo tiempo el medio oriente vive inmerso en un conflicto cuyo origen se sitúa dentro de los confines de la Biblia, del Corán y de la Historia.

              Solamente los muy iniciados pueden y podrán vislumbrar con más o menos claridad el inicio, el decurso y la prevalencia del conflicto que ahora se recrudece con mayor fuerza y trascendencia con la decisión del presidente de los Estados Unidos de América, para que la embajada del país que gobierna sea trasladada, en el mediano plazo, la ciudad de Jerusalén, considerada como sagrada por las tres religiones monoteístas cuyas raíces se localizan en la región y que, a veces, con mayor o menor fuerza, son apoyadas por diversos Estados, los cuales, como compensación, también son recompensados por pronunciamientos de carácter religioso o de otra índole a favor de aquéllos, obviamente con diversa intensidad y acordes a circunstancia convergentes.

El día de ayer, en una de las páginas de la sección nacional del periódico El Sol de Durango, aparece una síntesis del origen, evolución y estado actual de la disputa por la ciudad santa de Jerusalén, relacionada con la determinación del Estado de Israel de ampliar su predominio en dicha ciudad, tanto desde la perspectiva poblacional, como de la territorial y, muy especialmente política, y que ahora tiene el aval explícito del presidente norteamericano.

Recordados mis conocimientos acerca del conflicto vigente en el medio oriente con la síntesis informativa publicada en el periódico citado, los mismos me conducen al devenir histórico a raíz de que en 1948 se creó el Estado de Israel, para lo cual se cercenó parte del territorio del Estado Palestino que poseía del total del territorio de la Tierra Prometida por Jehová a su pueblo escogido (o sea a los judíos), así  como a los pasajes de la historia sagrada leída en mi infancia y, muy especialmente, a la novela de León Uris leída hace mucho tiempo y que el año pasado tuve la oportunidad de leerla por segunda ocasión, los cuales trataré de narrar  y actualizar en forma por demás breve a sabiendas que podría incurrir en omisiones y tal vez en errores de visión y de perspectiva.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, parte de las potencias vencedoras, como compensación  a la diáspora primero, después a la persecución histórica al pueblo judío acusado como deicida y fundamentalmente por el holocausto de que fue objeto por el régimen fascista de Hitler y su teoría de la superioridad de la raza aria, resolvieron e influyeron para que en el seno de las Naciones Unidas se acordara la creación del Estado de Israel, resolución que no fue aceptada y a la fecha no lo ha sido, no solamente por los palestinos directamente afectados, sino por diversos países de la región con población árabe y musulmana predominante.

Lo anterior se dio en un contexto de división entre los pueblos y países árabes creados después de que éstos, apoyados por países europeos, derrotaron al imperio otomano, que permitió la creación de diversos Estados cada uno de ellos bajo la influencia de una potencia extranjera que tendría una posición privilegiada para controlar en su beneficio la explotación de los mantos petrolíferos que parecieren inagotables.

La creación del Estado de Israel fue precedida de una invasión previa, a veces silenciosa y en otras ocasiones no tanto, de los judíos perseguidos, desplazados y residentes no solamente en Europa sino en otras partes del mundo; invasión que permitió que el Estado de Israel, surgido por decisión de las Naciones Unidas, tuviera los dos elementos imprescindibles para adquirir tal status político: territorio y población.

Con el apoyo de las grandes potencias europeas, salvo la URSS, y de los Estados Unidos, el Estado de Israel creció en población y se fortaleció económicamente, mientras que, territorialmente lo hizo con motivo de la guerra que los países árabes circundantes le declararon y que solo  duró  seis días, en la cual triunfaron los judíos lo que trajo consigo su consolidación ya no solo como Estado sino como potencia militar y económica que serviría en el futuro de contención a los palestinos y  sus vecinos árabes, y además, se tradujo en el debilitamiento de aquéllos para la constitución y consolidación del Estado palestino. Por supuesto, sin pasar por alto los recursos petroleros de la zona y las diferencias religiosas principalmente de los musulmanes, divididos éstos, en forma irreconciliable, por los sunitas y chiítas.

En ese contexto, se ha divulgado que desde hace ya mucho tiempo, en forma por demás silenciosa, con el apoyo de vastos recursos económicos que provienen no solo del Estado de Israel sino de judíos muy solventes radicados en diferentes partes del mundo, lentamente, por la vía de la compraventa, el Estado de Israel y sus nacionales, han aumentado su presencia y su extensión territorial en la ciudad de Jerusalén y terrenos aledaños a ésta, lo cual ha provocado, como contrapartida, la merma territorial del Estado Palestino y  las pretensiones de sus nacionales para la existencia de un Estado fuerte que, con el apoyo de sus aliados, sea capaz de detener las ambiciones extensionistas de los judíos que se considera que no se detendrán, pues ellos pretenden recuperar, poblar y dominar todo el territorio que ocupaban como pueblo escogido de Jehová antes de darse la diáspora que les impuso el Imperio Romano.

Con la decisión política del presidente Donald Trump de que se traslade la embajada americana a Jerusalén, se consolida el status político de Jerusalén, ciudad ésta  la cual ya es la sede de los poderes ejecutivo y legislativo de Israel, lo cual no ha impedido que Tel Aviv sea considerada internacionalmente como la capital del Estado y en donde tienen sus embajadas todos los países con los cuales Israel tiene relaciones.

Las religiones, la disputa por el poder mundial,  los intereses y el petróleo  del medio oriente constituyen un gran riesgo no solo para la paz de la zona y de la paz mundial, sino también, podría ser, para la supervivencia de la vida en el Planeta Tierra, dado que podría ser el génesis de un guerra nuclear aniquilante, así como se dice que en el oriente medio surgió la vida por obra y gracia de Dios.

El riesgo citado es evitable, pero…

Escrito por Juventino Rodarte

Articulista del Periódico El Sol de Durango. Profesor Universitario Jubilado.

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