Escrito por Monsieur Grillot

Politólogo francés radicado en México. Catedrático del Posgrado de Ciencia Política en la Universidad Benemérito de las Américas del Distrito Federal.

El misterioso sobre del gobernador

Texto extraído del compendio de cuentos Les caricatures politiques de Joseph Grillot. 

Fue hasta cuatro días después de haber tomado el poder, cuando el gobernador se dispuso acudir a la oficina principal del palacete en donde habría de despachar los próximos seis años, y fue hasta ese entonces que su agenda se lo permitió pues estuvo bastante entretenido entre ensayar el largo discurso de la ceremonia en donde el Congreso lo ungiría como el mandamás de la entidad, la integración de su gabinete así como los festejos posteriores que coincidieron con la escenificación del Grito de Dolores, el cual fue el causante de que su garganta no diera para más, por lo que su médico de cabecera y a la vez su secretario de Salud, le ordenó guardar cama en su residencia campestre.
El nuevo poderoso arribó a las antiguas instalaciones del Internado que fueron remodeladas por su antecesor para sentirse una especie de emperador romano, rodeado por jardines impresionantes y estructuras semejantes a la Domus Flavia. El gobernante observaba con sus ojos más vidriosos que de costumbre e imaginando cuántas maldades se habrían planeado y ejecutado en ese edificio; a la distancia lo aguardaban sus tres inseparables auxiliares, atentos a cualquier gesto que les indicara estar prestos a lo que pudiera necesitar su empoderado patrón, pero solo se concretaron a seguirlo hasta el despacho en donde atendería los asuntos de su gobierno.

Su menudo cuerpo, ataviado con su tradicional traje azul marino, camisa blanca y corbata azul rey atravesó el pórtico de la enorme oficina gubernamental, quedó asombrado ante la lujosa decoración, el piso de mármol y las innumerables puertas que daban a un sinfín de pasadizos; finalmente uno de sus asistentes se adelantó y le señaló su nueva oficina a la cual entró disfrutando cada paso, sintiendo cómo la suela de sus zapatos de charol remachaban la duela.

Echó un vistazo panorámico, la emoción invadió su pecho cuando vio la mesa de caoba que servía de sala de juntas, un librero de pared a pared con libros nuevos y figuras de bronce de Villa, Juárez, Hidalgo y Zapata. Lo más sorprendente fue cuando sus ojos verdes enfocaron el enorme escritorio, la silla que parecía el trono de Carlos V y justo detrás de ella un enorme retrato del General Guadalupe Victoria.

-Déjenme solo- dijo en tono seco el nuevo señor gobernador y sus auxiliares se desaparecieron como por arte de magia. Quería disfrutar ese momento a solas, gozar cómo su espigada figura se mecía en la silla principal de Palacio, posar sus manos sobre el escritorio y hurgar entre los cajones para verificar que no hubiera micrófonos o para ver si el que se fue no dejó nada olvidado.

Cuál fue su sorpresa que en un pequeño cajón encontró un sobre de opalina blanca, traía un sello lacrado con el logotipo del Rancho Los Cuervos, propiedad de su mentor, el licenciado Silverio Esparta, quien también fuera gobernador y con letra gótica decía “CONFIDENCIAL. PARA EL SEÑOR GOBERNADOR”. El júbilo se esfumó, fue remplazado por angustia; nervioso no sabía qué extensión marcar para pedirle a su secretario particular que fuera de inmediato a su presencia, por lo que tembloroso sacó su iPhone 7 de la bolsa interior del saco, buscó el nombre de Fernando en la sección de números favoritos, le marcó y al escuchar que éste le decía: “Sí, señor”, le respondió un lacónico “Ven inmediatamente” y colgó.

Con sumo cuidado Fernando giró la perilla, lentamente abrió la puerta y desde el umbral manifestó nervioso: 

-A sus órdenes, señor gobernador-.

-¿Quién ha entrado a la oficina?-.

-Nadie señor, desde que la recibimos la cerramos con llave y la abrí hasta que entramos con usted, me dijo la señora Rosita Troncoso, la secretaria del ex gobernador que era llave única, la cuidé como a mi vida, hasta este momento-.

-¡Entonces no me digas que el viejo que se fue lo dejó olvidado!-

-Puede ser, señor-.

La faz blanca del mandatario se fue coloreando roja como tomate, estaba preparando una barrica de improperios para vaciarla encima de su secretario particular, a lo cual ya era una de sus bonitas costumbres, cuando de repente sonó su smarthphone y vio que lo telefoneaba su antecesor y sin dilaciones le contestó:

-Bueno-.

-Hola Pepe, oye se me olvidó decirte que dejé un sobre que me envió el licenciado Silverio hace seis años y nunca tuve tiempo de abrirlo, no tengo inconveniente que lo leas, imaginé que eran algunas de esas enseñanzas campiranas que tanto emplea y que me son por demás aburridas. Ya ves que tiene el complejo de haber sido maestro rural de su pueblo Reborujo-. 

ok, ok, ok, muchas gracias Jorge, hasta luego, luego te llamo, luego te llamo, voy a un evento-. No le dio tiempo de decir adiós porque le colgó sin contemplaciones, siempre le molestó su sonrisa cínica y nunca le tuvo demasiada tolerancia.

El doctor Pepe Flores tomó el sobre, se disponía a abrirlo cuando de pronto entra su eterna secretaria María Antonieta y le dice de botepronto: 

-Señor gobernador, disculpe que lo interrumpa, pero ya están los reporteros impacientes en el salón de junto para la presentación del gabinete-.

-Tienes razón, no me gusta hacer esperar a la gente, guárdame este sobre como si fuera tu vida, me lo das cuando regrese, me súper interesa leerlo, es una carta de mi maestro, el licenciado Silverio-.

-Pierda cuidado señor, lo guardaré en la caja fuerte en donde solo yo y Fernando sabemos la combinación-.

Presuroso salió el gobernador, siguiendo las indicaciones de Fernando quien salió por una puerta secreta de su oficina y que daba a un pasillo que lo conducía al Aula Magna en donde habría de presentar al gabinete que armó una noche antes en la sala de su casa, con la asistencia de su inseparable esposa.
CONTINUARÁ

Escrito por Monsieur Grillot

Politólogo francés radicado en México. Catedrático del Posgrado de Ciencia Política en la Universidad Benemérito de las Américas del Distrito Federal.

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