Escrito por Monsieur Grillot

Politólogo francés radicado en México. Catedrático del Posgrado de Ciencia Política en la Universidad Benemérito de las Américas del Distrito Federal.

La última carta del gobernador

En el mundo de la política no hay cosa más difícil que dejar el poder y eso, el licenciado Silverio Esparta lo sabía mejor que nadie, por eso es que todos los días seguía al dedillo los rituales que hacía cuando fue gobernador de su estado con tal de engañar a la memoria y fingir que seguía deleitándose de los placeres propios de todo hombre poderoso.

Se despertaba al canto de los gallos, se enfundaba en su bata de seda, se calzaba sus pantuflas, le daba un beso en la frente a su esposa Elvia y se iba de inmediato a su estudio, en donde ya lo estaba esperando una pila de periódicos y revistas que recorría con minuciosidad, a la par de disfrutar de un humeante café de olla que le tenía listo el mozo de su rancho Los Cuervos.

Una vez terminado el repaso a la prensa local, levantaba el auricular de su teléfono rojo, parecidísimo al que tenía en su despacho en Casa de Gobierno y marcaba a la casa de su antiguo Tesorero, Federico Gambia, a quien de cariño le decía “El Pelirrojito” por el color rojo de su cabellera. La llamada era para que le pasara los temas del día, pero como ya no había agenda gubernamental, le pasaba los chismes que recolectaba todas las mañanas en el café del restaurante El Pálido Hogar y del hotel El Emperador.

Todo esto le inyectaba vida a Silverio, quien había sido todo en política, luego de salir de su pueblo natal Reborujo para estudiar la Normal y convertirse en profesor rural, estudios que combinó con los de licenciado en derecho. Su vena política lo llevó a meterse a la grilla magisterial en donde fue ascendiendo como la espuma hasta que cruzó en su camino la maestra Cortillo, quien quedó prendada no solamente de sus dotes perversas para moverse con habilidad en el juego del poder, sino de sus encantos y virtudes amatorias, quien por haberle hecho de todo entre el satín, la seda y el encaje, ella lo hizo todo en la vida política, como diputado federal, senador, líder nacional del sector popular de su partido y por supuesto, gobernador de su estado. “Voy a ser gobernador, acuésteme lo que me acueste”, era una frase mental del licenciado Silverio.

Sin embargo, esa mañana fue distinta y sorpresiva para el licenciado Silverio pues luego de muchos años, El “Pelirrojito” Gambia, sí le tenía un asunto en la agenda:

  • ¿Qué tenemos de pendientes Pelirrojito?
  • Hola licenciado, hoy a las tres de la tarde irá a comer a su casa el señor gobernador, lo saludé ayer en el desayunador de El Emperador y me pidió que le urgía platicar con usted, así que le hice espacio para hoy en la tarde, espero no tenga inconveniente señor gobernador, perdón, señor licenciado. Gambia sabía que esos lapsus le encantaban al licenciado Silverio pues le elevaban el ego.
  • Ah que “Pelirrojito” pues claro que no tengo inconveniente, tú mejor que nadie sabes que a un gobernador nunca se le dice que no. ¿Y a qué debo ese interés en verme si tenemos doce años sin hablarnos?
  • Sí lo sé señor, usted nunca le perdonó que abandonara el partido, pero dice que lo perdone y que le urge tocar el tema con usted de unas cartas, no me dijo más, así que alístese que va ir a comer hoy a su casa el señor gobernador, nuestro amigo Pepe Flores.

Y así fue, Silverio Esparta dio instrucciones a su señora esposa que preparara unas viandas para la comida pues tendrían la visita del gobernador del estado. El licenciado lo esperaba impaciente en la sala de la casa del rancho, vestía sus zapatos de charol, pantalón gris de gabardina, su camisa blanca como la nieve y su saco de cuadros con parches en los codos como todo buen maestro rural.

Llegó la hora, el gobernador arribó solo, únicamente con sus inseparables auxiliares Lalito, Chuyito y Fernandito quienes lo esperaron afuera, cuando se vieron maestro y alumno se dieron un gran abrazo, Esparta lo tenía agarrado de los hombros, contemplando orgulloso el éxito de su hechura.

Pasaron directo a la mesa y comieron plácidamente, recordando viejos tiempos durante la comida, recorriendo el trayecto de San Lázaro, Xicoténcatl y demás avenidas de la Ciudad de México adonde acompañaba Pepe a su jefe Silverio Esparta por haber sido su eterno secretario privado. Cuántos secretos, interminables anécdotas y sobretodo, muchas enseñanzas.

Cuando terminaron de comer el postre, el anfitrión le soltó unas palabras a bocajarro:

  • Sé a qué has venido a verme Pepe, por la prensa y los chismes del café me entero de todo, veo que leíste las cartas que le dejé a tu antecesor, que nunca las abrió no sé si por estulticia o porque lo tenían abrumado sus hermanos que cogobernaron con él; tú si las leíste pero las haz ejecutado demasiado rápido y puedo deducir que ya leíste la tercera carta, ¿no es así?
  • Sí licenciado, las cosas no son como me las esperaba, ya hice todas sus recomendaciones, le eché la culpa a los que estaban antes de mí en el gobierno; ya ventilé en los medios la fragilidad del gabinete y ahora veo que tengo que pensar en mi sucesión; ¡Esto es la locura, una locura, una locura!
  • Calma y nos amanece Pepe, no puedo hacer más por ti sino prestarte mi hombro, no puedes pensar en tu sucesión porque no tienes a quién te sirva para que te releve en el cargo y es demasiado pronto para ello, ¿o tú qué piensas?
  • Ahí está Florestán Garcés, mi secretario de Gobierno o Juanito Zeferino, mi coordinador de Agenda o… o…. pues… no tengo a nadie más.
  • No Pepe, Garcés tiene más historia que futuro y Zeferino tiene los años no cumplidos, además es Juanito, todavía está chiquito; el doctor psiquiatra que tienes como ministro de salud no es de tu gente, está muy zafado y menos la senadora por el estado, ellos van por su cuenta, no tienes a nadie Pepe, admítelo.
  • Entonces, ¿qué hago señor licenciado?
  • Nada Pepe, como dicen los franceses laissez faire, laissez passer, dejar hacer y dejar pasar. Deja que todo fluya, solamente dedícate a disfrutar que hiciste realidad tu sueño de ser gobernador y que el mundo ruede; ya fuiste todo y gracias a mí, no aspiras a más, tú no estás loquito como Marquito Fernández, aquel mozalbete que también impulsé y que después de gobernador quería ser Presidente de la República; no Pepe, tú eres más prudente, la gubernatura es tu jubilación así como lo fue para mí, esa es tu suerte Pepe, porque recuerda “los alumnos son el espejo del maestro”.

Pepe Flores abandonó el rancho Los Cuervos con el corazón sanado, al subirse a la camioneta le pidió a Chuyito, su chofer, que lo llevara a la Plaza de Almas a bolearse sus zapatos y comer un algodón de azúcar, le urgía disfrutar su dosis de baño de pueblo y dejar que el mundo siguiera girando, finalmente no era el único gobernante provinciano que padecía la degradación del poder.

Escrito por Monsieur Grillot

Politólogo francés radicado en México. Catedrático del Posgrado de Ciencia Política en la Universidad Benemérito de las Américas del Distrito Federal.

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