Escrito por Alberto de la Rosa

Articulista del Periódico Victoria de Durango y estudioso del derecho electoral.

Se va el último príncipe de la Iglesia

El pasado 6 de junio, el cardenal Norberto Rivera Carrera cumplió 75 años de edad y como lo marcan los cánones de la Iglesia Católica, tuvo que acudir a la Santa Sede a presentar su renuncia como arzobispo primado de México y no le queda más que esperar a que el Sumo Pontífice nombre a su sucesor.

Norberto es el último integrante de la pléyade de obispos creados por don Antonio López Aviña, quien a su vez invirtió todo su peculio en Girolamo Prigione, nuncio apostólico en México hace dos décadas, a fin de que cabildeara en el Colegio de Cardenales para convencer a Juan Pablo II en convertir en cardenal al más obediente de sus pupilos.

Y así fue, don Antonio pudo ver a su hechura vestido con la túnica roja y portando el capelo cardenalicio, fue su orgullo así como el de muchos duranguenses al ver que un paisano ingresara al Colegio Cardenalicio y más, dirigiendo una de las diócesis más significativas para el mundo católico.

Sin embargo, Rivera Carrera se fue torciendo en el camino, dado que abandona su ministerio en medio de una carretada de señalamientos, quejas y malestares tanto en su actuar como en su persona. Veamos por qué:

Al originario de Tepehuanes le ha pesado sobremanera el haber solapado la conducta inhumana de sacerdotes pederastas, que si bien solamente está documentado el del padre Nicolas Aguilar Rivera, hay quienes aseguran que se trata de más de una decena de pastores que abusaron de menores de edad y que no los llevó ni ante la justicia divina y menos a la justicia de los hombres.

Muchos se quejan de su actuar, sobre su preferencia a las elites sociales y no a las clases desprotegidas; que se hizo más político que evangelizador y que se dejó alumbrar por el brillo del oro, sintiéndose príncipe de la Iglesia como su tutor eclesiástico, exigiendo un tratamiento como si fuere un monarca.

También se le acusó de incurrir en tráfico de influencias para que se otorgaran cargos públicos a su gente cercana así como contratos de obra para sus amigos dedicados al ramo de la construcción.

Para muchos dejó de ser El “Chato” o el Padre “Nor”, ese hombre de Dios que demostraba ser sencillo, que gustaba de ir a jugar frontón a la Ciudad Deportiva y comer en las casas cercanas a las parroquias que le tocó atender; se transformó en Su Excelencia y exigía trato como tal, siguió comiendo en casas pero de las familias adineradas así como en jugar frontón en los clubes más exclusivos de México.

Norberto Rivera concluyó su mandato episcopal pudiendo ser querido y admirado por todos, desaprovechó la oportunidad para brillar en la toma de decisiones en el Colegio de Cardenales y haberse mantenido como uno de los potenciales tiradores al Trono de San Pedro, pero nunca estuvo a la altura de sus homólogos que mueven los hilos en El Vaticano.

No obstante, el cardenal Rivera Carrera se va en buen momento y es en este tiempo en que el Papa Francisco no quiere príncipes sino pastores humildes, sencillos, abiertos que vayan y busquen a las ovejas descarriadas.

Escrito por Alberto de la Rosa

Articulista del Periódico Victoria de Durango y estudioso del derecho electoral.

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